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En México, la conmemoración del Día de Muertos es una de las tradiciones más profundas y significativas, un ritual que conecta a las familias con sus ancestros y seres queridos que han partido.

Esta práctica, reconocida a nivel mundial por su riqueza cultural, se nutre de raíces prehispánicas que dialogan con elementos cristianos, conformando un sincretismo único que aún hoy mantiene viva la memoria colectiva.

En la Zona Volcanes, esta tradición adquiere un matiz especial, pues se inicia con una serie de ofrendas que marcan la llegada paulatina de las almas desde finales de septiembre hasta el mes de noviembre. Cada fecha tiene un sentido específico y refleja la estrecha relación entre lo sagrado y lo comunitario.

El inicio: San Miguel Arcángel y la primera ofrenda

El 29 de septiembre, día de San Miguel Arcángel, comienza el regreso de las almas. En este día se “copalea” la casa, es decir, se enciende incienso de copal para purificar el espacio y abrir el camino a los difuntos. Las familias ruegan a San Miguel que permita a las almas descender y acompañar a los vivos en la fiesta. Este momento marca la primera señal de que los preparativos han comenzado.

San Lucas y las almas en desgracia

El 18 de octubre se realiza la segunda ofrenda, dedicada a San Lucas. En esta fecha se pide permiso para que regresen las almas que murieron de manera trágica: víctimas de violencia, de traición o de algún infortunio. Se cree que estas almas necesitan un rito particular, pues su partida estuvo marcada por el dolor. Con este gesto, se reconoce que todas las vidas merecen memoria y acompañamiento.

Preparativos con San Judas Tadeo

El 28 de octubre, día de San Judas Tadeo, comienza la compra de veladoras y ofrendas. Es un día de preparación, donde la luz que se enciende simboliza la guía para las almas en su camino. Desde esta fecha, muchas familias empiezan a reunir los elementos que conformarán los altares: flores de cempasúchil, pan, fruta, papel picado y las imágenes de los difuntos.

La víspera y el altar

El 30 de octubre se da inicio a la colocación del altar. Las familias organizan el espacio donde recibirán a las almas, elaborando caminos de pétalos de cempasúchil, montando fotografías y disponiendo los primeros alimentos. Es un día de expectativa, en el que se anticipa la llegada de los visitantes del más allá.

El recibimiento de los niños y angelitos

El 31 de octubre está dedicado a los niños difuntos, conocidos como angelitos. Ese día se colocan ofrendas especiales con dulces, chocolate, panecillos de colores y frutas. Se cree que las almas infantiles llegan primero, guiadas por la inocencia, y se les recibe con alegría y ternura.

Todos Santos y Fieles Difuntos

El 1 de noviembre se celebra el Día de Todos Santos, en el que se honra a los niños fallecidos, considerados puros y sin pecado. Las ofrendas se llenan de tamales de dulce, juguetes y alimentos que evocan la infancia.

El 2 de noviembre llega el Día de los Fieles Difuntos, la celebración mayor. En este día se reciben las almas de los adultos, y los altares se llenan con los platillos que ellos preferían en vida: tamales de chile, mole, café, cigarros, bebidas alcohólicas y pan. Este día es el momento más importante, donde la familia entera se reúne en torno a la mesa y al altar para compartir recuerdos, música y compañía.

La despedida

Finalmente, el 30 de noviembre, día de San Andrés, se realiza la última ofrenda. Este momento marca la despedida de las almas con el levantamiento del arco del altar, cerrando el ciclo ritual hasta el próximo año.

Herencia ancestral

El origen de estas prácticas se remonta a los pueblos mexicas, quienes creían en el camino hacia el Mictlán, gobernado por Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl. Para ellos, la muerte no era el fin, sino una transición hacia otro plano de existencia. Esa cosmovisión se fusionó con las tradiciones cristianas tras la llegada de los españoles, dando lugar a la celebración actual.

Una tradición viva

El Día de Muertos es, sin duda, una de las expresiones más hermosas de la cultura mexicana. Más que un simple rito, es una forma de mantener vivo el lazo con quienes ya no están, de reconocer que la memoria es un acto de amor. En la Zona Volcanes, como en muchas otras regiones de México, las ofrendas, los aromas del copal y el resplandor de las veladoras siguen recordando que los muertos nunca se van del todo: permanecen en el recuerdo de los vivos y en cada altar que los honra.