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En el momento en que entré al refugio y lo vi, un gran pirineo de 4 meses al que le faltaban un ojo y una pata, supe que estaba destinado a ser mío.

En ese momento, me estaba ahogando en el abismo más profundo de mi vida.

La trágica pérdida de mis padres en un accidente de coche me había dejado tan destrozada que había intentado poner fin a mi sufrimiento dos veces. Elegirlo no fue solo adoptar un perro; se sintió como un pacto entre dos almas, a las que les faltaban partes pero que juntas estaban completas. Lo llamé Frankie y, desde ese día, nos volvimos inseparables.

Frankie no era solo una mascota; era mi salvador, mi ancla en una tormenta que parecía interminable. Llenó el vacío que había creado la partida de mis padres con su amor incondicional y su lealtad inquebrantable. Sabiendo que su presencia era una constante en mi vida, instalé cámaras en mi casa para estar en contacto con él y asegurarme de que tuviera comida y agua si mi trabajo me retenía hasta tarde.

Le encantaban las golosinas, las caricias en la barriga y todas las formas de afecto, convirtiéndose en el…

El centro de mi universo. Para mí, Frankie era más que un perro; era la “persona” más importante de la Tierra.